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Exequias de Estado laico 12-05-2008           

He llegado a la siguiente conclusión, si quieres que hablen magnificencias de ti, si quieres que tu currículo quede impoluto, tienes que morirte. Hasta que llegue tu hora, serás vilipendiado, insultado, menospreciado y si tienen oportunidad, te dejarán que mueras desangrado o te darán el tiro de gracia.

El pasado sábado día 3 falleció en su domicilio de Pozuelo de Alarcón ( Madrid) el ex presidente del Gobierno Leopoldo Calvo Sotelo. Fue el segundo presidente de la democracia y los medios de comunicación han destacado que se le despidió de manera muy distinta a la del inicio de su mandato (intentona golpista de 1981).

En efecto, en mi vida he visto una clase política tan hipócrita y desmemoriada. Cuando estuvo en UCD y como presidente del Gobierno español, sus propios compañeros de partido y no digamos los de la oposición, hicieron lo imposible para que no estuviera un día más en el cargo.

Calvo Sotelo recibió el homenaje de todas las autoridades del Estado encabezadas por el Rey. Acepto las exigencias del guión que, en estas ocasiones, acostumbra a elogiar la figura del desaparecido (un gran español, un hombre de Estado, un demócrata, culto, inteligente, eficaz, con sentido del humor...); en fin, protocolo, pero no me cansaré de insistir que esos y otros muchos calificativos fueron merecidos por otros luchadores de la libertad sin los cuales no habría habido, ni Calvo Sotelo, ni Suárez, ni González, ni Aznar, ni Zapatero.

Estos dos, (Fernández Inguanzo y Ramón Rubial, dos leyendas del comunismo y el socialismo y de la resistencia antifranquista, como ejemplo de tantos otros) se fueron en silencio recordados por sus familiares y amigos e ignorados por las llamadas autoridades del Estado.

Me temo que buena parte de la justificación de este olvido obedece a la débil estructura del pensamiento progresista en España que hace muy volátil la memoria histórica. Pero la responsabilidad hay que buscarla también en “esas autoridades políticas” que se desviven por cualquier folklórica (toda muerte merece respeto) y son incapaces, siquiera, de mandar un telegrama a la familia de los antifranquistas muertos después de años de detención, tortura, cárcel, y tardía libertad.

Muchos de ellos no tenían master alguno ni cultura reglada, pero eran doctores en la ciencia de la vida; maestros de la democracia en tiempos de dictadura y ejemplares demócratas en conquistada libertad. Ante los que yo, sí, hago la genuflexión.

Quiero revelarles también, que las exequias por el ex presidente del gobierno Calvo Sotelo me trajeron una imagen del pasado que diría que se trataba del NODO del régimen franquista si no fuera por el color arrebatado de la televisión. Y vaya color. Estaba José Bono, la máxima autoridad del Congreso, ejerciendo de anfitrión a pie de escalera en la recepción de autoridades, entre leones de bronce, cuando aparece el Cardenal de Madrid, Rouco Varela, vestido discretamente de púrpura cardenalicia, el mismo día en que la revista Interviú desvestía en portada, también discretamente, a su sobrina.

Pero allí estaba José Bono, la tercera magistratura del Estado, para recibirle, inclinando servilmente la cerviz para besar la mano del cardenal talibán. ¿Será un aperitivo de lo que nos espera? ¿Por qué tenemos que soportar esta afrenta de ver al presidente del Congreso, nuestro máximo representante en una democracia parlamentaria, escenificando públicamente en actitud babosa el ritual servil de sus creencias religiosas? . Sinceramente, no lo llevo y me produce urticaria.

Este jueves, también, José Bono, el que a punto estuvo de alcanzar la secretaría general del PSOE, presentaba en Madrid un libro hagiográfico (¡como los de los santos!) sobre Pedro Jota Ramírez, a quien, entre otras lindezas, dijo mostrar “un afecto que ha podido degenerar en amistad”. Efectivamente, si ese afecto acaba siendo una amistad con Pedro Jota, es que ha degenerado.

En verdad, en verdad, os digo que hay días en que este manchego está sembrado.

Como no hay dos sin tres, el jueves se anuncia que una de las tareas del nuevo gobierno, entre las que se encuentran la revisión de la ley electoral, una reforma de la Constitución para que las mujeres puedan entrar en el orden sucesorio con los mismos derechos que los varones, y una puesta al día de la ley del aborto, está el conseguir un Estado más laico, aunque sea un concepto bien difícil de definir.

Un estado más laico, ha dicho la vicepresidenta, reformando la Ley Orgánica de la Libertad Religiosa (LOLR), que en su artículo primero contempla que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”.

Recordar que la LOLR ha sido sistemáticamente incumplida, pues la presencia asfixiante de la religión católica en todos los ámbitos de la vida española ha hecho que, de facto, sea una confesión con carácter estatal, beneficiada por la hucha inagotable del Estado con más de 4.000 millones anuales de euros, gracias a las listas de “afiliados” a la fuerza por el bautismo.

Por lo que veo, para no enfrentarse más a gente como Trillo, que dijo al conocer la propuesta de manera chulesca, -mejor dejar las cosas como están,- y sus sectas secretas, el procedimiento va a ser no abandonar el café que tan nerviosos nos pone, sino más “café para todos”, para que el resto de religiones tengan acceso a las mismas prebendas inherentes, como colegios, iglesias, profesorado, etc. Es decir, vamos a la laicidad por el camino de crear un caldo de cultivo más cómodo y calentito, en el que las creencias religiosas se multipliquen.

Una sociedad laica, por ejemplo, que va expulsando, como sucedió también el pasado jueves en el hospital Doce de Octubre de Madrid, a los mejores médicos de cuidados paliativos, para ser sustituidos por la secta del señor Trillo.

Gabriel Gallardo

 


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